sábado, 7 de mayo de 2011
EL HEROE QUE SE EQUIVOCO DE BANDO
Lo que pasa es que vos peleaste del lado equivocado”.
Eso es lo que pienso decirle al ex soldado Ricardo Valdéz apenas se cure de la dolencia que lo tiene a mal traer y que, sin dinero, lo obliga a viajar cada tres semanas de Formosa a Buenos Aires, donde lo someten a agotadoras sesiones de quimioterapia.
Es una frase irónica y será dicha para exorcizar tantos sufrimientos y tantas humillaciones que, afortunadamente, no parecen haber alterado su calma provinciana ni su preocupación por los camaradas que permanecen en una situación aún peor que la suya.
Valdéz puede ser considerado un héroe, no porque él haya querido sobresalir entre sus pares formoseños sino porque la historia fue a buscarlo el domingo 5 de octubre de 1975, casi seis meses antes del golpe, cuando él y otros soldados conscriptos (el servicio militar era obligatorio) custodiaban el regimiento ubicado en las afueras de la ciudad de Formosa.
En realidad, Valdéz y su grupo estaban durmiendo; habían terminado su turno cuando, a la hora de la siesta, otros jóvenes argentinos como ellos pero con el flamante uniforme azul de Montoneros atacaron el cuartel en la llamada “Operación Primicia”.
Los dos pelotones mejor preparados debían tomar el edificio de la Guardia; allí, el primero que murió fue el soldado que estaba más cerca de la puerta, Antonio Arrieta, que era el telefonista y no tenía armas.
Tres de los atacantes fueron a la puerta del dormitorio donde descansaban Valdéz y diecinueve soldados.
Los montoneros habían entrado al regimiento convencidos de que no tendrían que disparar contra nadie porque los soldados se rendirían a la primera intimación:
daban por descontado que, siendo tan pobres y tan peronistas, los conscriptos se plegarían rápidamente a quienes luchaban por la revolución socialista.
Pero, sucedió que Valdéz y sus compañeros se resistieron y escaparon del dormitorio por una ventana. Claro que antes de que pudieran instalar el primer foco de resistencia, perdieron cuatro camaradas:
Marcelino Torales, el albañil y cantor aficionado que admiraba a Sandro; Dante Salvatierra; Alberto Villalba, y José Mercedes Coronel, el bicicletero de Clorinda.
Otros quedaron heridos.
Valdéz tuvo un comportamiento heroico.
Recordando sus años de futbolista rudo en San Jacinto, una colonia de agricultores ubicada a 195 kilómetros de la ciudad de Formosa, se tiró con los pies en plancha y cerró la puerta del dormitorio.
Y tirado en el piso la mantuvo clausurada con su cuerpo durante una decena de minutos cruciales; a los guerrilleros no les quedó otra que disparar sus ráfagas a través de la madera de la puerta.
“Operación Primicia”, que fue el debut del Ejército Montonero, terminó mal:
en media hora de un combate encarnizado hubo veinticuatro muertos, doce guerrilleros y doce defensores del cuartel, entre ellos diez soldados, de 21 años.
La primera paradoja de aquella tragedia es que todas las víctimas, de un lado y del otro, fueron peronistas.
A los 56 años, jubilado de la policía provincial, Valdéz es el presidente del centro de ex soldados que defendieron el cuartel, que es una organización prestigiosa en Formosa, donde todos los 5 de octubre se realiza un acto y un desfile cívico militar.
Ese honor no cruza el río Bermejo; en el resto del país nadie los recuerda.
La segunda paradoja es que, en cambio, los guerrilleros muertos son considerados por el gobierno nacional, y también por el gobierno porteño, como víctimas del terrorismo de Estado y así figuran en el monumento en la Costanera norte de la ciudad de Buenos Aires a pesar de que murieron durante el ataque a un cuartel en pleno gobierno constitucional de Isabel Perón .
También son homenajeados así en las facultades donde estudiaban (como el soldado santafesino que abrió las puertas del cuartel) y en las ciudades donde nacieron.
La tercera paradoja es económica: los parientes de la mayoría de los guerrilleros muertos cobraron la indemnización prevista para las víctimas del terrorismo de Estado mientras los padres de los soldados muertos deben contentarse con el sueldo básico de un cabo.
La diferencia de dinero es abismal: la vida de un guerrillero vale por lo menos seis veces más que la de un conscripto.
Los soldados que sobrevivieron no reciben ningún subsidio; sólo los heridos más graves cobran una pequeña pensión.
Y así, pobres y olvidados, se van enfermando y se van muriendo, como sucedió hace poco con Juan Carlos Torales, “Toralito”, que trabajaba en una plantación de pomelos en el interior de Formosa y agonizó varios días sin asistencia médica.
Valdéz está peleando para torcer esa historia, con la colaboración de su mujer y de sus hijos.
Y de los amigos y conocidos que lo ayudan a pagar los pasajes en ómnibus a Buenos Aires y el hotelito en el que se aloja, a media cuadra del Hospital Italiano.
Si hubiera peleado en el otro bando, si se hubiera rendido y entregado el cuartel, no le faltarían ahora funcionarios amigos ni homenajes oficiales ni indemnizaciones extraordinarias ni pasajes de Aerolíneas Argentinas.
Ceferino Reato.
miércoles, 20 de abril de 2011
LO QUE FALTABA
REEMPLAZANDO EL SOL POR EL PAÑUELO BLANCO DE LAS MADRES Y ABUELAS DE PLAZA DE MAYO
Un viejo fantasma recorre otra vez (saludablemente) América latina: el de la identidad nacional.
Hemos advertido que la ponderada globalización que impulsa el Norte implica, para nosotros, una globalización en exterioridad.
Nos globalizamos, pero bajo la imagen, los valores, la ideología, la economía y la agobiante y omnipresente cultura del Otro.
Los teóricos de la globalización proponían que no había Otro.
Pero lo hay.
Esta globalización (la globalización capitalista terciaria, informática y desterritorializada aunque territorializada en Wall Street y el Pentágono, no es cuestión de engañarnos) suponía que la globalización era la unidad final y armónica de los Otros, de todos los Otros que, armonizándose, finalizaban por constituir el sistema de lo Uno: el perfecto sistema de la globalización capitalista.
Esto –quién no lo sabe, lo sabemos todos y el que no lo sabe lo oculta o no quiere saberlo– significó en los hechos (y entre esos hechos el más reciente y decisivo es la invasión a Irak) el poderío hegemónico de Estados Unidos como gran potencia bélica, financiera y comunicacional.
No se globaliza el Todo.
Se globaliza lo uno (un Uno muy concreto: el proyecto bélico–comunicacional norteamericano) que constituye a todos los demás en tanto partes de ese Uno.
De este modo, caen los Estados Nacionales, las identidades nacionales, los aranceles proteccionistas y –con ellos– cualquier posibilidad de un desarrollo industrial autónomo, de una producción y un mercado de trabajo y consumo autónomos y desaparecen también (o, al menos, así debiera serlo) las banderas nacionales.
Porque –y éste es el momento
– hay que hacer una pregunta:
¿Cuál es la bandera de la globalización?
Que nadie se haga el distraído.
Todos los sabemos.
Algo fastidiado, Huntington critica un concepto del mundo islámico que habla de la occidentoxicación.
Bien, así estamos todos: occidentoxicados.
O, si se quiere, macdonalizados.
Lo cual es muy coherente con el estilo de esta globalización tercer milenio. Hubo antes globalizaciones.
Desde 1492 que las hay, ya que, en rigor, el capitalismo es un sistema globalizador.
Pero, en este tercer milenio, la globalización está hegemonizada por la gran revolución capitalista que la dinamiza, que la encarna: la revolución comunicacional.
Al constituir ésta una poderosa generadora de imágenes, conceptos, identidades y –de un modo aplastante– subjetividades, el resultado de esta globalización capitalista es el borramiento, el arrasamiento sin más de las identidades nacionales.
Las que pasan a ser folclóricas, arqueológicas, restos del pasado, rescoldos de otra historia.
Esto hay que evitarlo.
Muerto el “arrorró” de la globalización ha vuelto a estar sobre la mesa de debates el tema de la identidad nacional.
Porque es muy simple: o estamos con este Todo o no estamos con él, ya que es así como el Todo se presenta: “Con nosotros o contra nosotros”, dice el Presidente Totalizador del Imperio de la Totalización, que, ésta sí, no lo dudemos, es totalitaria.
Nosotros, entonces, queremos conservar algunos aspectos de nuestra identidad para conservar sencillamente nuestro país y no dejar que el todo se lo devore, tal como estuvo a punto de ocurrirhasta, pongamos, diciembre del 2001 y hasta un poco más allá y tal como está por ocurrir siempre, pues ese peligro es el peligro y lejos, muy lejos está de desaparecer. Retomemos entonces la identidad nacional.
Requiere ante todo un espacio, una territorialidad. Unas fronteras que dibujen el territorio de su Parte, de su rostro, de, claro, su identidad.
Esa frontera requiere una gobernabilidad, tema que nos lleva al del Estado–Nación o, si se quiere, al Estado nacional, que debe ser recreado, sostenido por la ciudadanía que deberá constituirse en poder constituyente y –si es necesario– expresar su potencia para defender al poder constituido nacional si es agredido por los poderes (económicos, casi siempre) de la globalización totalizadora. Y esta territorialidad nacional deberá tener ciertos símbolos que le otorguen cierta identidad.
El más habitual de estos símbolos es la llamada bandera nacional. He llegado al tema que quería tratar.
En este nuevo universo globalizado-informático, que borra las identidades nacionales en nombre de lo Uno, pareciera absurdo que existan banderas: ¡hay tantas ya! McDonald’s, Disney, Hollywood o la inefable de las barras y las estrellas bien podrían ocupar ese lugar.
Pero hay un problema.
Uno, en principio.
Como nosotros no queremos globalizarnos, es decir, someternos a la unicidad bélico-comunicacional del Imperio, deberemos tener un pedazo generoso de tela que tenga algunos colores y del que podamos decir que es nuestra “bandera”.
Hemos tenido una y todavía la tenemos.
Bien, para ser claro: a mí no me gusta.
Esa bandera expresó, en el siglo XIX, los intereses de lo que Juan Bautista Alberdi llamaba la provincia-metrópoli: Buenos Aires.
El Interior federal, arrasado por el colonialismo interno de Buenos Aires, no se expresó por medio de la azul y blanca.
Con esa bandera se arrasó el Paraguay.
Se hizo la Campaña del Desierto.
Se reprimió a los inmigrantes.
Se masacró la Patagonia.
El coronel Varela festeja, con sus amigos británicos, el triunfo sobre los pobres obreros patagónicos entre banderas azules y blancas y banderas inglesas, que se llevaban bien.
Con esa bandera asume Uriburu.
Perón cambia un poco los símbolos, pero los conserva.
La “libertadora” agobia con la azul y blanca como encarnación de la libertad y la democracia “recuperadas”.
Onganía reprime con esa bandera el Cordobazo.
Con esa bandera asume Videla y aquí llegamos al desborde, al horror, al azul y blanco teñido de sangre.
La bandera se transforma en la bandera del Mundial.
La única bandera.
La bandera de la Argentina y de su gloriosa selección.
“Fiesta, qué fantástica, fantástica esta fiesta.”
La fiesta de todos es azul y blanca.
Una sola bandera y una sola bandera es el Terror, el miedo, la negación de lo diferente. Y luego, Malvinas.
Y otra vez la bandera.
Y se nos recuerda que “nunca fue atada al carro de ningún vencedor de la tierra”.
Bueno, tampoco se había enfrentado con muchos: salvo, sí, con españoles y paraguayos famélicos en los esteros colorados donde se amontonaban los cadáveres.
El día que enfrentó a sus viejos patrones, a sus socios en la masacre patagónica, se la llevaron.
Ellos, los ingleses, atada a su carro de vencedores.
¿Qué proponer entonces?
Otra bandera.
Vamos de a poco.
Estamos en busca de los símbolos nacionales que signifiquen algo para nosotros hoy.
Porque HOY es que hay que librar la ardua lucha (hegemónicamente cultural) de la identidad de este territorio que habitamos.
Si alguien quiere conservar la azul y blanca y si –más aún– la quiere conservar con ese sol en el centro, ese sol enceguecedor que identifica a la bandera como bandera de guerra, que la conserve.
Pero para los actos militares o, a lo sumo, para algunos protocolos oficiales. Aquí, desde estas líneas, tenemos una propuesta que debiera ser casi inapelable.
El único símbolo nacional glorioso, universalmente aceptado, honrado e incorporado por otros países como símbolo de la más pura de las luchas, la de lucha por los derechos humanos es el pañuelo de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo.
Paraeste siglo XXI, para esta lucha de hoy contra la globalización del Uno Imperial, necesitamos otra bandera.
Que sea azul y que sea blanca, como la anterior.
De acuerdo. Pero le sacamos ese sol de la guerra y ahí, en ese lugar, reemplazándolo, ponemos el pañuelo blanco de las Madres y la Abuelas, el pañuelo de la paz, el de la vida, el de nuestro más genuino, verdadero orgullo.
José Pablo Feinmann
lunes, 18 de abril de 2011
HIJOS: UN LIBERAL Y UNA CORRUPTA
domingo, 10 de abril de 2011
CARTA DE UN VILLERO

domingo, 3 de abril de 2011
LA “DESMALVINIZACION” DE LA ESCUELA
miércoles, 30 de marzo de 2011
LIBERTAD
Cuántos crímenes se cometen en tu nombre Madame Roland, revolucionaria francesa, era conducida hacia la guillotina y al pasar frente a la estatua de la libertad, pronunció las palabras del título de esta colaboración. Pero las contradicciones en nuestra atribulada Nación son tragicómicas y el mismo Quevedo se sentiría envidioso. Lástima que el kirchnerismo bloquee el Colón. Tres fenómenos de fabula: La universidad nacional de la plata, Rodolfo Walsh y Hugo Chávez. Lástima que Hegel descubridor de la lógica de las contradicciones, no este, pero bueno, una de sus seguidoras la Presidente de la Nación, al menos ella dijo es hegeliana, fue quien invitó a Chávez a nuestro país. Es para analizar si la Presidente es un ejemplo de un caso de contradicción de la contradicción o la contradicción del entendimiento... Claro en medio de la confusión que tiene Chávez tal vez no tome conciencia de este tragicómico galardón, propio de lo que son hoy las universidades llamadas universidades y además nacionales. Por empezar el premio que otorga a la libertad de prensa la Escuela de Periodismo de la universidad nacional de la plata, ya es contradictorio. Rodolfo Walsh uno de los fundadores de la agencia de noticias Prensa Latina, que censura noticias y otras cosas en Cuba y fuera de ella, no es precisamente un ejemplo de la libertad de prensa. Además mataba a los que no pensaban como él. Chávez se sentirá identificado con un hombre de la ideología, ya que él mismo se autoproclamado como el líder del Socialismo del Siglo XXI. El dictador venezolano se dice bolivariano y marxista y ataca al neoliberalismo. ¿Habrá estudiado que Bolívar lideró una revolución liberal? Por otra parte, ¿sabe del artículo del mismo Karl Marx escribió en 1858? Entre otras cosas dijo Marx: “Cuando los prisioneros de guerra españoles, que Miranda (Líder de la Revolución) enviaba regularmente a Puerto Cabello para mantenerlos encerrados en la ciudadela, lograron atacar por sorpresa la guardia y la dominaron, apoderándose de la ciudadela, Bolívar, aunque los españoles estaban desarmados, mientras que él disponía de una fuerte guarnición y de un gran arsenal, se embarcó precipitadamente por la noche con ocho de sus oficiales, sin poner al tanto de lo ocurría ni a sus propias tropas”, es decir que lo trata de cobarde. Continúa Marx, refiriéndose a Francisco de Miranda, el gran revolucionario liberal hispanoamericano, “el 30 de julio llegó Miranda a La Guaira, con la intención embarcarse en una nave inglesa. Mientras visitaba al coronel Manuel María Casas, comandante de la plaza, se encontró con un grupo numeroso, en el que se contaban don Miguel Peña y Simón Bolívar, que lo convencieron de que se quedara, por lo menos una noche, en la residencia de Casas. A las dos de la madrugada, encontrándose Miranda profundamente dormido, Casas, Peña y Bolívar se introdujeron en su habitación con cuatro soldados armados, se apoderaron precavidamente de su espada y su pistola, lo despertaron y con rudeza le ordenaron que se levantara y vistiera, tras lo cual lo engrillaron y entregaron a Monteverde, el jefe realista. El jefe español lo remitió a Cádiz, donde Miranda, encadenado, murió después de varios años de cautiverio”. Continúa Marx, que este hecho ¨ valió a Bolívar el especial favor de Monteverde, a tal punto que cuando el primero le solicitó su pasaporte, el jefe español declaró: “Debe satisfacerse el pedido del coronel Bolívar, como recompensa al servicio prestado al rey de España con la entrega de Miranda”. En otras palabras Marx sostuvo que Bolívar fue un traidor. La carta de Marx es más larga, pero Rodolfo Walsh quizá no hubiera estado de acuerdo con el título de bolivariano marxista que ostenta Chávez. Pero si Chávez supiera quién fue Rodolfo Walsh, cuyo nombre lleva el premio a la libertad de prensa de la llamada Escuela de Periodismo de la Universidad Nacional de la Plata, quizá se ofendería. El dictador es mentiroso, autoritario, pero hasta ahora no se lo llamado traidor. En cambio, ¿qué ocurrió con Walsh? El mismo se entrenó en Cuba y en base a las directivas del dictador cubano y la subvención de la URSS, trajo el terrorismo a la Argentina, para imponer un régimen totalitario marxista-leninista, en plena guerra fría. ¿Sería para garantizar la libertad de prensa como ocurrió durante el stalinismo? Entre otras de sus hazañas montoneras, fue uno de los asesinos del dirigente gremial, Augusto Timoteo Vandor y el 2 de julio de 1976, dirigió el atentado explosivo contra el comedor de la Jefatura de la Policía Federal, matando a 24 personas que almorzaban en ese momento. Es de recordar lo que dice nuestra Constitución Nacional en su artículo 119: “La traición contra la Nación consistirá únicamente en tomar las armas contra ella, o en unirse a sus enemigos prestándoles ayuda y socorro”. ¿Cae Walsh dentro de esta definición? En realidad, todo es tragicómico, el nombre del premio a la libertad de prensa, su destinatario, quienes lo otorgan y el apoyo de la hegeliana presidenta, cuyo título de abogada de la Universidad nacional de la Plata se niega a mostrar. Pero en qué ambiente se entrega el premio. Unos días después que la Ministra Garré camarada de Walsh, se negó a que la policía, que su amigo había atacado, cumpliera una orden judicial para que se levante el bloqueo a las plantas de los diarios La Nación y Clarín, un atentado a la libertad de prensa. Después del sainete, terminemos con una pregunta demasiado aguda. ¿Hay democracia en Argentina?
Carlos E. Viana


